Teletrabajo

Vivir una vida creativa es fácil, vivir de tu creatividad no tanto.

Se habla mucho de la creatividad y de cómo conseguirla, cómo favorecerla, cómo vivir una vida creativa… Por supuesto, son cuestiones muy válidas, pero yo siempre me quedo pensando en qué entiende exactamente cada uno cuando se habla de creatividad. Porque posiblemente no estemos pensando en lo mismo.

Para mí la creatividad no consiste solamente en hacer algo artístico o manual o en pensar cosas supuestamente innovadoras, sino más bien en tener la capacidad de trasladar lo que tienes dentro al exterior. Es decir, para mí ser creativa y tener una vida creativa consiste en saber mostrar tu vida interior de una forma tangible para el exterior.

Yo siempre, desde muy pequeña, he vivido una vida bastante creativa: he dibujado, modelado, cosido, bordado, escrito, cantado, bailado, grabado vídeos, hecho fotografías, recortado y pegado todo lo que he podido y más. Pero también he cocinado, hablado, me he vestido, peinado y maquillado, he decorado mi casa, he enseñado, solucionado problemas, escuchado discos, visto películas, viajado, montado y desmontado negocios… y estas últimas actividades, que no eran para mí actos creativos conscientes como los primeros, han podido ser, incluso de un modo más directo (o menos condicionado), parte de mi vida creativa tal y como yo la entiendo.

 

Mi perspectiva sobre la creatividad es que no tiene condiciones: no necesita originalidad ni aceptación ni belleza ni nada que se le parezca. Solo tiene que ser lo más honesta conmigo misma que yo tenga la capacidad de ser en ese momento.

Una creatividad honesta, como digo, sale desde la vida interior que eres capaz de comprender en ese momento (porque a medida que crecemos interiormente vamos disminuyendo el autoengaño, así que no saldrá del mismo lugar tu creatividad de hace diez años que la de ahora) y puede —y quizás debe— sacar toda la fealdad, absurdidad, incongruencia, contradicción, paradoja, incomodidad, suciedad, crueldad o vergüenza que necesites manifestar en ese momento. También todo lo bello, limpio, hermoso, alegre y coherente. Ya sabemos que lo uno no existe sin lo otro.

Pero esta idea nos abre muchos otros frentes. Por ejemplo, si es necesario compartir con todo el mundo esa verdad interior. Quizás para ti haya momentos en que no lo sea y otros en que sí, y quizás haya partes que quieras mostrar y otras que prefieras guardar para tu intimidad. O si la versión destinada a ser compartida tiene que ser modificada y manipulada y hasta dónde (no por ocultarla sino para hacerla accesible, atractiva, útil…), y si esa manipulación está enriqueciendo el resultado final en términos de creatividad o si, por el contrario, le está quitando fuerza a esa primera expresión “bruta” que, sin embargo, sin limar iba a ser poco comprendida o aceptada más allá de una misma. O si debemos esperar aceptación externa o confirmación de valor de algo que en realidad no debería estar hecho con el mundo exterior en mente, que no tendría que depender tanto de la reacción de un observador como de la disposición del creador para abrirse paso a través de una actividad o una obra.

 

Y es que quizás los actos creativos no deberían necesitar de grandes preparaciones y, desde luego, lo que no necesitan son todas esas constricciones con las que los saturamos incluso antes de empezar. Vivir creativamente es muy sencillo, basta con un poco de atención a ti misma y una voluntad de exteriorizar tu vida interior a través de tus actividades (aunque no vaya a ser mostrado a ningún público como, por ejemplo, escribiendo un diario). Pero, y aquí está el asunto que lo complica todo, ganar un sueldo con tu creatividad es otra cosa completamente distinta.

Si le pides a tu creatividad que te pague las facturas a final de mes es cuando vais a enredaros en un tira y afloja que quizás se vuelva sumamente desagradable. Es como si estuvieras embarazada y le dijeras a tu bebé: pero si no eres guapo, no ganas todos los premios y no me haces quedar bien como madre, no salgas. Y cuando el niño salga solo deseará complacer a su madre, pero no habrá forma de conseguirlo, nada será suficiente y ni él ni la madre estarán nunca conformes con el éxito que logre traer, sufrirán, se pelearán y se sentirán ambos injustamente maltratados. Porque ya partían de una premisa injusta, de una condición represiva, de un “necesito que si sales salgas perfecto y me hagas feliz”.

 

Ya se dice que los artistas son personas complejas, pero ¿cómo no lo van a ser si están abriéndose en canal todo el tiempo a cambio de críticas, juicios y dinero? Pero no quiero hablar de artistas necesariamente, porque considero que esto nos afecta a todas las que, emprendedoras o no emprendedoras, usamos la creatividad en nuestro trabajo —y como ya he dicho, por creatividad me refiero a sacar algo de dentro para mostrarlo fuera— como moneda de cambio. Asusta, claro que asusta. Hacer algo tuyo y mostrarlo asusta.

Decir que eres diseñadora asusta, decir que haces camisetas asusta, decir que eres terapeuta asusta, decir que haces vídeos asusta. Poner tu web en internet diciéndole al mundo lo que haces, asusta. Sacar tu obra ahí afuera, sea como sea, asusta. Todo lo que pueda venir otro a observar y a juzgar y a opinar sabiendo o sin saber de ti, asusta.

A mí me asusta todo el tiempo, y ya llevo muchos años haciéndolo. Pero eso no quiere decir que tenga que guardarme lo que siento que deseo sacar.

 

Crear es mostrar tu vulnerabilidad, pero por eso también te conecta con el mundo. Te hace sentir parte del todo, como si con cada aportación tuya un granito más de arena se añadiera a la montañita de aquello por lo que estás creando. Si tus creaciones tratan de hacer pensar, venga, un granito de arena a la montaña del pensamiento. Si aportan belleza, un granito de arena a la montaña de la belleza. Si colaboran con la causa animalista, un granito para los animales. Si con el feminismo, otro granito más a la montaña del feminismo. Y así con todo: cada cosa que creas, por ridícula que te parezca en el océano inmenso de todo lo que se crea cada día, suma.

¿Acaso si yo me hubiera guardado todo lo que llevo escrito este año sobre Vida Interior porque me parecía demasiado personal o no hubiera decidido grabar los episodios con las invitadas porque no me siento muy cómoda frente a la cámara hubiera hecho un favor a alguien? A mí misma seguro que no. A quienes han leído lo que he escrito y han encontrado utilidad o inspiración en ello, tampoco. ¿A los que odian lo que ofrezco? No creo, en todo caso a los posibles haters también les haces un favor dándoles de qué hablar, que es su cosa favorita, y los que no quieren leer algo y deciden no venir aquí cada martes no se están perdiendo nada porque están ocupados en otras cosas que les parecen más atractivas. ¿Y qué me dices de los granos de arena que se hubieran perdido las montañas a las que yo trato de aportar con mi trabajo?

Sí, desde luego, el mundo seguiría perfectamente adelante sin ello tan panchamente, pero ¿por qué debería privarme de aportar? ¿Por qué tanta autocensura innecesaria? ¿Por qué tantos prefieren regurguitar y repetir lo que ha dicho o hecho otro en vez de crear algo propio, con su propia perspectiva? Pues porque es más inseguro, y porque, claro, asusta.

Pero a mí no me asusta lo suficiente, y espero que a ti tampoco. Crear, como decía al principio, no es más que expresarte.

Y a expresarte, amiga, es a lo que has venido a este mundo. ¿A qué, si no?

Un abrado… Deb

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