Teletrabajo

La diferencia entre el error, el fracaso y el fracasado

El ajedrez es un juego maravilloso. Lo es porque el resultado final en buena medida poco depende de la suerte y si lo hace, más bien, de la pericia de los dos contendientes. El que gana sabe que podría haber perdido y que la diferencia la ha marcado lo que ha hecho, el que pierde sabe que podría haber ganado y también que la diferencia la han marcado sus movimientos. Así, en el ajedrez, como en otros muchos retos, existe el error, pero no el fracaso y mucho menos fracasados.

Existen errores porque siempre hay estrategias que pueden mejorarse, especialmente si lo miramos desde la perspectiva del que ha terminado entregando la cabeza de su rey. Podía haber jugado mejor. Sin embargo, su derrota dista de ser un fracaso, ya que a la siguiente partida se lleva una gran cantidad de jugadas para aprender, para mejorar. Buenos elementos para la reflexión. En este sentido su inversión de tiempo ha sido rentable, probablemente mucho más que la del ganador.

Este difícilmente se va a ir a casa dándole vueltas a la partida. Habrá visto reforzadas sus estrategias y por lo tanto es más complicado que haya encontrado puntos de anclaje (motivos) para cuestionarlas. Así, con mucha probabilidad, las repetirá hasta que alguien le gane. En este sentido, la victoria tiende a perpetuar el ciclo, a reducir la inversión, de ahí que sea tan dulce. Nuestro cerebro quiere economizar energía y la victoria suele ser un apoyo engañoso en este sentido.

El fracaso

El fracaso llega cuando lo que ha sucedido, además del sabor de la derrota, nada nos deja. Ocurre especialmente en los juegos en los que el azar manda, por eso humanamente son tan pobres. Porque al que pierde -que suelen ser muchos y muchas veces, ya que la banca cuenta con la probabilidad a su favor: esa ley implacable cuando hablamos de grandes números (muchas jugadas y muchos jugadores)- poco aprende, más que apegarse a alguna inquietante superstición.

“Ha sido no entrar antes de las nueve lo que me ha hecho perder…”, “Ha sido esta camisa, que gafa mi suerte…”, “No vuelvo a venir con Juan porque con él no gano una” (Juan probablemente tampoco haya ganado y tampoco quiera regresar contigo…).

Dejando la ironía a un lado. La suerte poco más nos tiene que enseñar/recordar, más allá de que está presente. De que siempre, protagonista o actriz de reparto, juega su papel.

El fracasado, más que el que acumula un fracaso tras otro

El fracasado no es aquel que colecciona un fracaso tras otro, tampoco el que acaba de fracasar. Fracasado es un adjetivo (etiqueta) que tiene connotaciones que van mucho más allá. Decir que alguien es un fracasado o pensar que somos unos fracasados impregna al ente, al ser. Pasa a formar parte de la naturaleza del ente, del ser. Por lo tanto hablaríamos de algo inmutable.

Que no va a cambiar y que por lo tanto supone una condena para el futuro. Elimina la motivación para el aprendizaje. Nos manda el siguiente mensaje: “Da igual lo que aprendas, nunca ganarás”. El que se siente un fracasado juega a ser injustamente determinista con su futuro, igual que lo es quien coloca esta etiqueta a otro y trata injustamente de serlo.

Porque sí, quizás el pasado sea el mejor predictor del futuro, pero jamás la voz que dicta al escriba sus renglones. No hay determinismo, sino más bien posibilidad de superación arraigada en el cambio. Por eso, la misma superación que nos da miedo nos atrae. Por eso esa atracción se rompe en la persona que se siente un fracaso en sí misma. Como si el pensamiento fuera agua, ella porosa, y esta su hubiera colado hasta lo más profundo de su ser.

De ahí que este pensamiento haga de disparador y de sustento para muchas depresiones . Una depresión que aparece cuando se rompe la esperanza  (Abramson et al., 1997) ya de no de que el futuro sea distinto, sino más bien de que podamos hacer algo (capacidad de control) para diseñarlo. Por eso, hay problemas mentales, como las fobias, que derivan en una depresión: en ellas, la ansiedad es la que ahoga esta esperanza de control, remarcando que somos seres indudablemente vulnerables.

Un artículo escrito por Sergio De Dios González

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