Teletrabajo

Ojalá te des las mismas oportunidades que das a los demás

No pasa nada si no puedes con todo, si en algún momento tienes que decir no para estar contigo. Tú también te necesitas.

Ahí estás. Tan dispuesta como siempre a tender tu mano ante cualquier petición de ayuda, ante cualquier atisbo de malestar o tristeza. Tan dispuesta a escuchar a quien necesita que lo comprendan. Tan servicial y tan agradable. Siempre con esa sonrisa amable, la mirada cómplice y un corazón enorme.

No importa que te fallen, que se equivoquen contigo o incluso consigo mismos. Una vez más, ahí estás, ofreciendo oportunidades a los demás. Abriendo otros caminos, enseñando otras miradas, abrazando heridas, despejando dudas y derrotando miedos. Porque sabes que, la mayoría de las veces, la gente actúa lo mejor que puede, lo mejor que sabe, aunque los demás nos empeñemos en no verlo.

Eres el sostén de quien se tambalea, el motor que da fuerzas y la llama que arroja luz entre las tinieblas. Siempre estás. La bondad es tu sello y el amortu arma más poderosa. Ahora bien, ¿por qué a veces eres tan dura contigo? ¿por qué te abandonas, te olvidas de ti y te haces invisible a tus ojos? ¿Por qué no te das las mismas oportunidades que das a los demás?

Déjame contarte algo…

“Las personas hogar huelen a amor y aceptación incondicional. Huelen a cariño, a abrazos largos donde se te cierran los ojos y se esboza una sonrisa. Estas personas huelen a amistad, amor y familia elegida.

Huelen a “estoy a tu lado así tengamos que apretar los dientes” y confían en ti incluso cuando tú mismo has dejado de hacerlo. Son aquellas personas que no te evitan el vértigo ni la caída, sino que te ofrecen las palabras exactas que solo puede regalarte alguien que se cosió las heridas a aprendizajes”.

-Reparando Alas Rotas-

Ojalá dejes de exigirte tanto y te abraces

A veces, tú también necesitas tu tiempo, tu silencio, tu momento de paz. Sé que ayudar a los demás ocupa los primeros puestos en tu lista de prioridades, pero ¿qué hay de ti?

No pasa nada si un día no estás a la altura, no puedes con todo o te confundes. No pasa nada, créeme. Tienes derecho a derrumbarte, a permitirte caer y estar a la deriva. Te lo digo porque sé que, a veces, sacas fuerzas de donde no las hay o te dibujas una sonrisa para que no se note el malestar que te invade por dentro.

Y aunque eso me preocupa, mucho más cuando te exiges y eres tan dura contigo. Cuando te reprochas, te criticas y te culpabilizas por haberlo hecho mal o simplemente por no haber llegado a tiempo. Es como si no tuvieras compasión contigo o, por lo menos, no tanta como con los demás. Como si errar fuera una pesada losa con la que siempre has de cargar.

Eres perfecta así como eres, con el brillo de tu imperfección, que, al fin y al cabo, son tus matices, esos que te hacen ser tú; con tus fortalezas, pero también con tus heridas. Créeme. Las huellas de tu dolor, el rastro de tu sufrimiento, tus desganas y preocupaciones también tienes que dejarlas salir, en lugar de ahogarlas y tratarte mal por ello. Porque solo así podrás liberarlas.

Abrázate y, por supuesto, de vez en cuando, recuérdate que te quieres. Reencuéntrate contigo misma porque no hay mejor medicina que aquella que nace del calor de sentirse querida.

Las mismas oportunidades que das a los demás, tienes que dártelas a ti. Háblate bien, mírate con cariño y recoge tus lágrimas. Ten paciencia contigo, intenta comprenderte y permítete estar mal. Tienes derecho a tener un día gris. De hecho, tu deber no es estar siempre bien, ni ponerte un disfraz para hacérselo creer a los demás.

Eso sí, no te olvides de poner límites a las personas que te rodean y a ti misma. A veces, un hasta aquí es necesario. Porque aunque tu bondad sea infinita y no tenga límites, un mínimo de respeto es fundamental.

“Nuestro miedo más profundo no es que seamos inadecuados. Nuestro miedo más profundo es que somos poderosos sin límite. Es nuestra luz, no la oscuridad lo que más nos asusta. Nos preguntamos: ¿quién soy yo para ser brillante, precioso, talentoso y fabuloso? En realidad, ¿quién eres tú para no serlo? Eres hijo del universo. El hecho de jugar a ser pequeño no sirve al mundo. No hay nada iluminador en encogerte para que otras personas cerca de ti no se sientan inseguras. Nacemos para hacer manifiesto la gloria del universo que está dentro de nosotros. No solamente algunos de nosotros: está dentro de todos y cada uno. Y mientras dejamos lucir nuestra propia luz, inconscientemente damos permiso a otras personas para hacer lo mismo. Y al liberarnos de nuestro miedo, nuestra presencia automáticamente libera a los demás”.

-Nelson Mandela-

Ojalá te perdones

Así como perdonas a los demás, ojalá te perdones a ti misma. Sea lo que sea lo que haya sucedido, perdónate. Tanto por las veces que no supiste hacerlo como por esas que ni siquiera sabías qué hacer. Ten el valor suficiente como para darte otras oportunidades, comenzar de nuevo y descubrir otras perspectivas.

Porque si lo haces con otros ¿por qué no contigo? Transforma el nivel de exigencia que tienes contigo y elimina de tu mente la posibilidad de alcanzar la perfección. Esa idea solo es una utopía, un estándar que más que ayudar, martiriza. Y si te resulta difícil, prueba con este sencillo ejercicio: imagina que aquello que te sucede le ocurre a un amigo, ¿cómo actuarías? Reflexiona sobre ello.

Es totalmente válido estar rota a veces, porque además de ser un derecho también forma parte del proceso, de ese que experimentamos día a día, y que consiste en seguir creciendo personalmente. Perdónate para poder estar contigo desde el amor y el cariño, para mantener el mismo trato contigo que con los demás.

Poco a poco te darás cuenta de que no pasa nada si en algún momento dices no, si necesitas un tiempo para ti. A veces, es necesario tener una cita con uno mismo. Solo así sabrás cómo te encuentras, qué quieres hacer y hacia dónde te diriges. Solo así podrás recargar la energía necesaria para seguir dando amor a todo aquel que lo necesite.

No lo olvides por favor, tienes derecho a darte las mismas oportunidades que das a los demás…

“Como llegan lejos los rayos de aquella pequeña bujía, así brilla una buena acción en un mundo salvaje”.

-William Shakespeare-

Gema Sánchez Cuevas

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