La Ley de Illich señala que después de pasar un determinado número de horas trabajando, la productividad empieza a descender de manera significativa. Es decir, nos habla de un “umbral de la productividad negativa”, un punto a partir del cual nos empieza costar mantener la atención y empezamos a encadenar errores.

El tema de la productividad ha sido un punto de interés importante para los investigadores. El mundo laboral se ha organizado históricamente en base a unos propósitos económicos y políticos. Sin embargo, quienes formamos parte de la producción somos también seres humanos. Ese factor humano no siempre ha sido tomado en cuenta y, finalmente, es determinante en la productividad económica.

Los interrogantes sobre las mejores formas de alcanzar la productividad han llevado al planteamiento de múltiples teorías, que sí toman en cuenta dicho factor humano. Un factor en el que se engloban las potencialidades y los límites de las capacidades cognoscitivas o el valor de la motivación, por ejemplo. Así se llegó a la Ley de Illich, entre otras.

Iván Illich, creador de la Ley de Illich

El creador de la Ley de Illich fue un pensador austriaco llamado Iván Illich. Se hizo famoso cuando publicó su libro “La sociedad desescolarizada”, en el que hacía una fuerte crítica al sistema educativo. Siempre promovió el autoaprendizaje como medio para formarse y la conversación como herramienta para fomentar el análisis.

En el año 1980, Iván Illich formuló la Ley de Illich. Era maestro en la Universidad Estatal de Pensilvania y después de varios estudios llegó a una conclusión que se expresa de la siguiente manera: “Después de un cierto número de horas, la productividad del tiempo invertido decrece primero y se hace negativa después”.

Ese es el texto básico de la Ley de Illich. En otras palabras, lo que plantea este pensador es que el trabajo continuo durante muchas horas seguidas termina por no ser productivo. O sea, trabajar más tiempo no está asociado linealmente con una producción mayor. De hecho, ocurre todo lo contrario: el exceso de horas de trabajo puede producir una saturación que lleve a la persona al bloqueo total.

La Ley de Illich

Según la Ley de Illich, la clave está en organizar adecuadamente los tiempos de trabajo y de descanso. Ilustremos esto con un ejemplo. Una persona produce un par de zapatos en dos horas. Pero, si trabaja 12 horas, no va a producir 6 pares de zapatos. Después de determinado lapso, su rendimiento comienza a decrecer hasta que se vuelve nulo.

Es probable, entonces, que al final del día solo termine produciendo 4 pares de zapatos de los 6 iniciales. Para lo que tardaba dos horas al comienzo, tras un tiempo le lleva tres horas y luego cuatro. También es probable que los productos que realice tras haber trabajado mucho tengan más errores o deficiencias.

Con el trabajo intelectual, la situación puede ser más crítica. Pero tanto en el trabajo físico, como en el intelectual, trabajar sin descanso desata una fatiga mental que reduce las capacidades. Si esto se prolonga por mucho tiempo, también aparecen síntomas emocionales de ansiedad, depresión, irritabilidad, etc.

Trabajar eficientemente

Para no alcanzar un punto de fatiga muy alto, a partir de la Ley de Illich, lo mejor es alternar constantemente el trabajo con el descanso. Para ello, ha propuesto la existencia de “cajas de tiempo”. Estas “cajas” recogen y describen formas de organizar el tiempo de manera que el rendimiento se vea lo menos penalizado posible por la fatiga.

Las tres principales cajas de tiempo son las siguientes:

  • 2 minutos de pausa por cada 10 minutos de trabajo. Aunque a muchos les parece un lapso muy corto, esta caja de tiempo ha probado generar una gran eficiencia. En diez minutos, si la carga no es mucha, todas las capacidades cognitivas vuelven a su máximo rendimiento.
  • 5 minutos de pausa por cada 25 minutos de trabajo. Es una franja de productividad que corresponde a la conocida técnica pomodoro. Es la más popular y a muchas personas han dado testimonio de que les funciona.
  • 12 minutos de descanso por cada 12 e trabajo. Es una caja de tiempo que ha evidenciado ser muy eficaz para tareas muy mecánicas o muy poco motivadoras.

Como estamos acostumbrados a laborar en largas jornadas, al principio puede ser difícil aplicar estas cajas de tiempo. Todo es cuestión de hábito. Si la aplicas, en poco tiempo te familiarizas. Una buena idea es trabajar un día con la rutina habitual y al final evaluar la productividad. Al día siguiente aplicar una caja de tiempo y hacer lo mismo. Luego, comparar ambos resultados. Te sorprenderás.

Un artículo escrito por Edith Sanchez