Te revelo 7 claves de la ‘fórmula’ de mi modelo de éxito (y no es magia)

A veces, te lo confieso, me siento mal. Y es inevitable, porque honestamente no tengo otra respuesta a la que siempre ofrezco cuando alguien me pregunta qué hice para ser exitoso. “Trabajar cada día, nunca dejar de intentarlo, aprender mis errores y volver a intentarlo”. Si piensas que esta es una respuesta decepcionante, quizás tengas razón. Lo siento mucho.

El problema de fondo es que es imposible definir el éxito. ¿Por qué? Porque cada persona tiene una definición particular, distinta de la del resto. Y no solo eso: esa definición varía con el paso del tiempo, con las circunstancias de la vida. Es decir, lo que concebíamos como éxito en la niñez quizás no sea igual al llegar a la adultez, y también muy distinto a la madurez.

Y está bien, es lógico. Al fin y al cabo, de eso se trata la vida: es una dinámica constante, un cambio permanente. Además, la definición académica poco nos ayuda. Según el Diccionario de la Lengua Española, éxito es “el resultado feliz de un negocio, actuación”“la buena aceptación que tiene alguien o algo” o, finalmente, “el fin o terminación de un negocio o asunto”.

Sin duda, unas definiciones vagas, demasiado amplias. El problema es que las personas creen que cuando alcanzas el éxito, en especial en el ámbito laboral, es porque posees una fórmula o un libreto. Y no es así, no al menos en mi caso. Por supuesto que tengo un plan de vida, unos objetivos, una estrategia y unas métricas, pero no podría asegurarte que a ti te funcionen.

Otra arista del problema es que, a mi juicio, no es posible hablar de un solo éxito, porque la vida no se desarrolla, no ocurre en un solo ámbito. Hay éxito profesional, éxito sentimental, éxito personal, éxito económico, en fin. Y en cada uno significa algo distinto, se representa de una manera distinta y, algo que es importante entender, se busca de una forma distinta.

Por ejemplo, son muchas las personas para las que el éxito es ganar mucho dinero y, además, poder comprarse bienes y objetos de lujo, viajar, ir a restaurantes costosos, en fin. Es una forma de verlo, válida, pero no es mi modelo. Para otras, el éxito consiste en obtener el reconocimiento profesional y ostentar un cargo importante investido de poder.

Otros, en cambio, dicen que el éxito es conformar una bonita familia y gozar de buena salud. Por supuesto, esto debe estar respaldado por algunas dosis de las dos anteriores. Y hay quienes piensan que el éxito es hacer lo que les plazca, vivir una vida sin ataduras, con las menores responsabilidades posibles. De nuevo, son modelos válidos, diferentes al mío.

En este punto, supongo, te preguntas ¿cuál es mi modelo de éxito? Es una sumatoria de todas las opciones que acabo de mencionar, con dosis de algo más. Me explico. Sí, por supuesto que me interesa y me preocupa el bienestar económico, garantizarles a mis hijas un futuro con oportunidades en el que cada una pueda construir y disfrutar el proyecto de vida que elija.

Y, quizás coincides conmigo, pienso que “si bien el dinero no hace la felicidad, sí ayuda mucho”. Entonces, el dinero es un ingrediente indispensable de mi fórmulaMi prioridad, lo que le da sentido a mi vida, sin mis hijas, así que su salud, su bienestar y su felicidad son parte de mi éxito: no depende exclusivamente de mí, pero entiendo que mi deber es orientarlas bien.

El componente fundamental, sin embargo, es el propósito de mi vida. ¿Por qué estoy en este mundo? ¿Para qué? ¿Cuál fue la misión que me fue encomendada? ¿Qué herramientas y recursos de brinda la vida para cumplir mi tarea? La primera vez que me formulé estas preguntas, créeme, no tenía ni la menor idea de la respuesta, así que tuve que averiguarla.

¿Qué hice? Explorar en mi interior, cuestionarme. Quizás sabes que, mientras estudiaba en el colegio, pensaba que mi futuro era ser un ingeniero electrónico y esa fue, precisamente, la carrera que comencé en la universidad. Tres semestres más tarde, sin embargo, me di cuenta de que no era lo que quería para mí, entendí que ese camino no me iba a brindar la felicidad.

Me trasladé a la de Psicología (sí, un cambio radical, un cambio extremo), carrera que concluí con éxito y que ejercí durante un tiempo. Luego, la vida me llevó por otros caminos, unos que jamás había imaginado y que, por fortuna, resultaron maravillosos. En la búsqueda de los secretos de internet, me encontré con el marketing digital y… ¡voila! ¡Descubrí la fórmula!

Aunque en mi adolescencia, cuando en la temporada de vacaciones ayudaba al abuelo materno en la fábrica familiar, me di cuenta de que me gustaba el contacto con los clientes, fue después, mucho después, cuando entendí que mi vocación, mi propósito, es servir. Y a eso, precisamente, es a lo que me dedica todos y cada uno de los días de mi vida. ¡Ese es mi éxito!

Gracias a las enseñanzas de mis padres y de mis mentores, aprendí que mi conocimiento, las experiencias que he vivido y, sobre todo, los errores que he cometido, son mis aliados más valiosos en esta tarea de cumplir mi propósito. Entendí que utilizar esa información para ayudar a otros no solo era lo que quería hacer el resto de mi vida, sino la fuente de mi éxito.



Quizás sabes que me llaman El Padrino de los negocios en internet porque durante más de dos décadas he ayudado a miles de emprendedores latinos en América y España, principalmente. En esa labor, me convertí en el referente número uno del mercado, en el modelo que muchos quieren imitar (lo cual me honra) y en inspiración para otros emprendedores y mis clientes.

Aprendí a empaquetar mi conocimiento, mi experiencia y las lecciones que me dejaron mis errores y venderlos como infoproductos: cursos (presenciales y virtuales), asesorías (grupales e individuales), libros, membresías, entrevistas, audios y cualquier otro formato útil. Para la mayoría de las personas, esos infoproductos representan mi éxito, pero no es la realidad.

¿Por qué? Te lo digo de una manera gráfica: esos infoproductos, la forma en que empaqueto y vendo mi conocimiento, son solo la punta del iceberg. Lo verdaderamente valioso, ya lo sabes, está sumergido, es lo que no se ve. ¿A qué me refiero? A lo que hago todos y cada uno de los días de mi vida en mi casa, en mi trabajo, lo que realmente me permite obtener resultados.

Te revelo la fórmula:

1.- Pensar.
Una tarea que incorpora tres acciones fundamentales: observar, escuchar y preguntar. A partir de esa información, de las inquietudes del mercado, pienso si puedo ayudar y cómo hacerlo. Imagino, así mismo, cuál es el camino conveniente, cuál es el infoproducto más adecuado.

2.- Crear.
Sabes que soy un abanderado de la reutilización de recursos, de adaptar lo que ya tengo a las nuevas necesidades del mercado. Si no tengo algo, lo creo. Me enfoco no solo en el resultado que quiero obtener, sino también en la experiencia que va a vivir mi cliente al adquirirlo.

3.- Intentar.
Esta es la asignatura pendiente para el 99,9 por ciento del mercado: no testean su producto. Asumen que es perfecto, que es lo ideal, y lo lanzan al mercado. O, peor aún, no lo lanzan porque creen que no está listo, que requiere cambios. Probar es uno de los pilares del éxito.

4.- Validar.
Significa ser consciente de la respuesta que el mercado le dio a esa primera versión de tu infoproducto que le ofreciste. Te sirve para corregir, complementar, eliminar o, inclusive, para descartar y comenzar de nuevo. Quizás a esto último es lo que tantos le tienen pánico.

5.- Hacer de nuevo.
Una y otra vez, tantas veces como sea necesario para que tu infoproducto en verdad sea la solución que el mercado requiere. Que la estrategia que diseñes para transmitir tu mensaje, tu propuesta de valor, sea la correcta y que, lo más importante, llegue a las personas adecuadas.

6.- Reforzar.
Una vez vendas, una vez compruebes que el mercado acogió tu propuesta, échale leña al fuego. ¿Entiendes? Refuerza tu estrategia, genera más tráfico cualificado, paga publicidad, utiliza todos los canales necesarios para que llegue a más personas. Y no dejes de validar.

7.- ¡Éxito!
Que, valga aclararlo, no es un punto final, sino un nuevo comenzar para provocar un impacto positivo en la vida de más personas. A sabiendas, también, de que es algo finito, algo que en un momento perderá su efecto. Es, entonces, cuando debes volver a comenzar el proceso.

Sí, un proceso. De eso se trata el éxito: de lo que haces a lo largo del proceso, no del resultado. El resultado es la consecuencia directa del proceso. Por eso, tu prioridad no es obsesionarte con el resultado, sino con lo que haces desde que te surge de la idea, desde el primer paso de la creación, asegurarte de que les servirá a quienes lo adquieran. Probar, validar, medir, repetir…

Asumo que esta fórmula puede antojarte decepcionante para ti. Por eso, como lo mencioné al comienzo, a veces me siento mal. Seguro hay otros caminos, más cortos, más rápidos, pero este fue el que me enseñaron, el que me ha brindado resultados, el que me ha permitido servir a otros y, lo más importante, cumplir con el propósito de mi vida. Eso, para mí, es el éxito.

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