5 lecciones de una aventura insólita en tiempos de coronavirus

Esta, te lo confieso, es la historia más increíble que he visto desde que comenzó la emergencia por el coronavirus. Debí leerla más de una vez para convencerme de que no era una fake news, ni una burla, pero tan pronto comprobé la veracidad de la información quedé fascinado. Parece una pieza magistral de ciencia ficción, de la genialidad de Alfred Hitchcock, pero es pura realidad.

Los protagonistas de esta singular historia se llaman Elena Manighetti y Ryan Osborne, una pareja de enamorados que el pasado mes de febrero decidió emprender la aventura de su vida: a bordo de su velero, partieron desde las islas Canarias, en España, con destino al Caribe. Antes de salir, se despidieron de sus familias y les pidieron algo especial: que no les comunicaran malas noticias.

Radicados en Manchester (Inglaterra), Elena y Ryan querían vivir un viaje de ensueño, tranquilo. La intención era, precisamente, desconectarse de la realidad caótica en la que vivimos en la sociedad moderna. Entusiasmados, ilusionados y, sobre todo, enamorados, se lanzaron a la inmensidad del océano Atlántico sin imaginar que su aventura le daría la vuelta al mundo semanas más tarde.

La historia, sin embargo, tiene un antecedente importante. En 2017, hartos de la rutina del trabajo y ansiosos por aprovechar su juventud, decidieron renunciar y dedicarse a recorrer el mundo. Con el dinero que recibieron, se compraron un velero. Estaban ansiosos por zarpar y no querían que nada, ni nadie, les arruinara el trayecto hasta la isla de San Vicente, que les tomaría unos 25 días.

Cuando partieron, los medios de comunicación comenzaban a hablar de la epidemia provocada por el coronavirus en China, pero hicieron caso omiso de esos mensajes. Estaba muy lejos y, además, muy lejos del rumbo y del destino que tenían previsto. Unas millas mar adentro, la señal de sus teléfonos celulares se perdió y, literalmente, quedaron desconectados del mundanal ruido.

A lo largo de la travesía, solo estuvieron en contacto con la naturaleza: la imponencia del océano, las especies que lo habitan, las aves que circundaban sobre sus cabezas. Por fortuna, no tuvieron inconvenientes, no hubo tropiezos. No, al menos, hasta que a mediados del pasado mes de marzo intentaron atracar en un puerto de San Vicente, un pequeño territorio volcánico de solo 345 km2.

De repente, se encontraron con la negativa de las autoridades de permitirles el ingreso, una situación que les resultó incómoda y que no podían entender. A medida que se acercaron a la costa, sus teléfonos recuperaron la señal y, entonces, se enteraron de que las fronteras allí, y en gran parte del planeta, estaban cerradas por cuenta de la emergencia sanitaria por el COVID-19.

“Sí habíamos escuchado del brote del virus en China, pero imaginábamos que cuando atracáramos en el Caribe ya todo había pasado”, dijo Elena. Sin embargo, la realidad fue distinta. “Ahí supimos que el mundo estaba infectado”, agregó. De hecho, ella no estaba enterada de la suerte que habían corrido sus familiares en la región de Lombardía, la más afectada por el virus en Italia.

“Intentamos desembarcar en varios territorios del Caribe, pero todos las fronteras estaban cerradas. La primera impresión que tuvimos fue que se trataba de una medida de prevención por la temporada alta, algo de lo que nos habían advertido. Pero, después conocimos cuál era la real situación, afirmó. Su aventura, entonces, se transformó en una desventura sin rumbo fijo.

Se desviaron hacia la isla de Granada, una de las Antillas Menores, ubicada arriba de Trinidad y Tobago, frente a Venezuela. En esa ruta, hubo un punto en el que se conectaron a una red 4G y pudieron comunicarse con una amiga que los esperaba en San Vicente“Nos las arreglamos para ponernos en contacto con ella 10 horas antes de llegar al muelle”, contó Elena.

Lo peor, sin embargo, era lo que estaba por venir. “Nos dijo que nos impedirían la entrada porque yo soy ciudadana italiana, a pesar de que no había estado allí desde hace meses”Dicho y hecho: tan pronto entraron en contacto con las autoridades, les expresaron que no les otorgarían el premiso en virtud de la nacionalidad de Elena, un imprevisto que jamás imaginaron llegar a vivir.

Por fortuna, la tecnología salió a su rescate. ¿Cómo? En la memoria del dispositivo GPS que los guio por el Atlántico estaban almacenados los datos del viaje desde que partieron, incluida la fecha. Así, entonces, no solo pudieron demostrar que no habían pisado suelo italiano en los últimos meses, sino que estuvieron aislados en el mar durante 25 días, como si fuera una cuarentena.

Finalmente, les concedieron el permiso y pudieron pisar tierra. Tras esa experiencia, les entró el afán por saber cómo estaban sus familiares. La comunicación con mi padre fue muy difícil. Me pidió que no entrara en pánico y me envió una información del New York Times que circula en mi ciudad natal y pude comprobar las dimensiones de la epidemia. Fue una gran sorpresa”, relató.

Aunque para su tranquilidad le reportaron que sus familiares estaban a salvo, le impactó saber cuál era la cifra de fallecidos en su región y su país. La entristeció enterarse de que se habían acabado los ataúdes y de que no había más espacio en los hornos crematorios y en los cementerios. La conmovió que le contaran que varios amigos y conocidos habían fallecido.

Por lo pronto, Elena y Ryan están en la isla de Bequia, la segunda más grande de este archipiélago, a la espera de poder regresar a casa. “No podemos partir, porque las fronteras siguen cerradas en la mayoría de los países”, explicó. Sin embargo, hay un tema que los preocupa: se avecina la temporada de huracanes en el Caribe, que según los expertos comienza el próximo primero de junio.

Si bien no tienen urgencia de regresar a Europa, si las restricciones no se levantan pronto sus planes se verían afectados: la intención es desplazarse hacia el norte por el Caribe y visitar otros de los paradisíacos lugares de la región. Partieron con la ilusión de vivir muchas emociones, la gran aventura de su vida, pero lejos estaban de imaginar por lo que iban a pasar. Y lo que les falta.



Ahora, te preguntarás qué podemos aprender los emprendedores de esta historia. Veamos:

1.- No porque estés desconectado de la realidad, la vida deja de transcurrir. Muchas veces, en vista de las dificultades, los emprendedores elegimos mirar para otro lado como si así se fuera a dar una solución mágica. Entiende que no puedes controlar lo que sucede a tu alrededor

2.- Aunque quieras aislarte del mundo, aunque creas que estás a salvo, lo que hagan otros, lo que ocurra en tu entorno te afecta a ti, para bien y para mal. Una de las claves del éxito en el mundo de los negocios hoy es tu capacidad para establecer alianzas estratégicas, para relacionarte

3.- Siempre, aunque navegues con buen viento y buena mar, aparecerán las dificultades. Y lo harán en el momento en que menos lo esperas y de la forma más insospechada. No vas a poder eludirlas o controlarlas, pero sí puedes aprender a gestionarlas, a extraer sus enseñanzas

4.- No reniegues de la tecnología, que está ahí para ayudarte. Las herramientas son poderosas, pero el beneficio que puedan aportarte depende de cómo las uses, de que las aproveches para reforzar tu conocimiento, para potenciar tus habilidades. Es un gran aliado, si así lo decides

5.- La vida y los negocios hay que enfrentarlos según vengan. No ganas nada con echarte a la pena, con maldecir tu suerte; más bien, agradece lo que tienes, lo que has recibido, y sigue tu camino. Habrá días buenos y malos, así que no te amargues: reformula tu plan y no te detengas

Una ñapa: después de una dificultad (coronavirus) viene otra dificultad (huracanes)

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