Trabaja una media de 4 horas al día mientras recorre los lugares más recónditos del mundo: así es la vida de Bosco Soler, el fundador de SinOficina

Hacia el año 2011, en plena crisis económica del ladrillo en España, el arquitecto Bosco Soler se encuentra frente a una encrucijada.

A un lado, la perspectiva de no trabajar durante años de aquello para lo que se ha formado esperando a que la situación escampe.

A otro, contempla la idea verse obligado a aceptar alguna práctica de apenas 400 euros al mes por trabajar en uno de los escasos estudios de arquitectura que funcionan razonablemente en el país a pesar de la crisis. Esto fue lo que hicieron muchos de sus amigos y conocidos.

En vez de dejarse atrapar por el dilema, decidió emplear los ahorros que había conseguido diseñando páginas web, actividad que compaginaba con sus estudios de arquitectura, para dedicar un año a aclarar sus ideas, lo que se conoce en otros países como tomarse un gap yearque puede traducirse como año de paréntesis.

Concebido más para la reflexión que para el descanso, el gap year es un momento que jóvenes de lugares como EEUU, Canadá o Alemania aprovechan para viajar, ver mundo y pensar sobre sus posibilidades, sobre el siguiente paso que quieren dar en su vida.

Soler, que ya había sido becado en diversos programas de intercambio de alumnos y ya sabía por aquel entonces lo que era vivir en países como Noruega y Japón, pensó que justamente lo que necesitaba era un cambio de aires, ver otros paisajes, otras perspectivas.

Lo hizo contra el criterio de muchos, que le recordaron que, tras haber dilatado su vida universitaria precisamente debido a estos programas de intercambio, si se tomaba todavía más tiempo para empezar a trabajar correría riesgo de superar la traumática barrera de los 30 años sin haber adquirido ninguna experiencia laboral relevante en el campo de la arquitectura.

No le importó.

Soler cogió su mochila y, durante meses, se dedicó a recorrer los lugares más recónditos del sudeste asiático. Mientras lo hacía, entró en contacto con una realidad que por aquel entonces en España era casi inconcebible: emprendedores que eran, además, nómadas digitales.

En su ir y venir por aquellas tierras, Soler dio con una buena cantidad de hombres y mujeres que presumían no solo de poder trabajar desde cualquier lugar del mundo, sino que lo hacían además liderando sus propios proyectos empresariales.

Con los años, aquel arquitecto recién licenciado descubriría que lo de emprender no era tan fácil como se lo pintaron muchos. La idea de trabajar remotamente, en cambio, sí que le ofreció pronto buenas oportunidades.



Mucho aprendizaje, algún fracaso y una mudanza: así nació la oficina sin oficina

A principios de 2020, Bosco Soler, bien conocido ya en el panorama emprendedor nacional por defender desde hace años con una fe inquebrantable las grandes posibilidades del trabajo remoto, lanza una pregunta para abrir su charla TED: «¿Conocéis el teletrabajo?».

No todos levantan la mano, y unos cuantos de lo que lo hacen tímidamente tienen su dudas acerca de qué es realmente.

No tardarían mucho en resolverlas: apenas un mes después, España decretaba un confinamiento nacional a causa de la pandemia del coronavirus, lo que significó que todas las empresas del país que podían pasar a modalidad remota tuvieron que hacerlo quisieran o no.

«¡Esa conferencia se me quedó vieja enseguida!», cuenta entre risas por teléfono a Business Insider España Soler.

Aquella charla fue el resultado de una paulatina transformación. A su retorno del sudeste asiático, entre 2014 y 2016 Soler emprende unos cuantos proyectos empresariales en los que trata de retomar su faceta como arquitecto. Fue entonces cuando descubrió que emprender un negocio propio no era el camino de rosas que suelen pintar muchos.

Mientras, sigue formándose como diseñador web, trabajando como autónomo y aprendiendo algunos conceptos de marketing digital. En 2017, él y su pareja se trasladan por motivos laborales a Murcia. Fue el principio de su oficina virtual.

«Allí lo que me pasó es que al estar en una ciudad no tan grande como Madrid y trabajar como freelance diseñando páginas web, me sentí un poco solo. Sin embargo, la idea del coworking, el compartir experiencias con gente de todo tipo, me gustaba mucho. Fue por eso que me animé a intentar trasladar esa filosofía al trabajo remoto», explica Soler.

Fue así como nació SinOficina.com, un coworking online que, como muchos otros espacios de este tipo, cuenta con sesiones informativas, talleres, quedadas presenciales para desvirtualizar y poner cara a sus miembros y recursos de todo tipo.

Pero, sobre todo, lo que ofrece el espacio fundado por Soler es la posibilidad de conectar con más de 500 teletrabajadores que forman ya parte de su red.

Todo, a cambio de una suscripción anual de 239 euros que se puede reclamar íntegra durante los primeros 15 días si quien accede a ello no lo termina de encontrar interesante.

El éxito de la web trajo a Soler por otro lado una posibilidad inesperada: la de abrazar un estilo de vida de nómada digital, el mismo que ya había conocido en aquellos viajes de hace 10 años por el sudeste asiático.

Con dos tercios de su tiempo dedicado al proyecto SinOficina y un tercio dedicado al mantenimiento de las webs de los clientes con los que trabaja desde hace años, en octubre del año pasado su pareja y él decidieron hacer las maletas una vez más, pero esta vez para vivir donde ellos quisieran.

Sus destinos en este tiempo han sido Canadá, EEUU, México y, ahora, Argentina, país que llevan ya un tiempo recorriendo sin descanso, de norte a sur y de este a oeste, desde la populosa Buenos Aires hasta las cataratas de Iguazú, llegando al glaciar Perito Moreno.

Unas cuatro horas de trabajo de media, libertad de movimiento, ahorro y morriña: ventajas y desventajas del nomadismo digital

Todo el que alguna vez ha escuchado a Soler alguna vez sabe que este emprendedor de 36 años posee una cualidad extraña en el mundo de las startups: no vende ninguna moto.

«Seamos claros: poder hacer esto es un privilegio. Poder haber ido a la universidad pública contando con el apoyo de mi familia, poder disfrutar en su momento de becas como la Erasmus… Somos un pequeño porcentaje los europeos y los norteamericanos que podemos vivir así», empieza explicando Soler cuando se le pregunta por su estilo de vida.

Este se basa en algunas claves como, por ejemplo, trabajar de media unas 4 horas al día. La cifra parece inverosímil, pero tiene detrás una explicación.

«Es una media, en realidad lo más raro es que trabaje un día 4 horas. Lo que solemos tener mi pareja y yo son picos y valles de proyectos que nos vamos gestionando según lo vamos necesitando», cuenta Soler.

«Si tenemos planeado un viaje largo, por ejemplo, tratamos de dejar la mayoría de proyectos lo más cerrados posible para que haya muchos días en que no nos haga falta trabajar o que solo tengamos que ponernos un par de horas».

Todo, en busca de las dos principales ventajas de este tipo de vida.

«La primera ventaja es económica. Hay dos maneras de tener el doble de dinero: ganar el doble o gastar la mitad. Si uno sigue ingresando en euros y con arreglo a los presupuestos que se manejan en Europa pero gasta con arreglo a países como puedan ser Argentina o Tailandia, la posibilidad de ahorrar es muy clara», comenta Soler.

La segunda ventaja, de un modo un poco romántico, se puede resumir en libertad con mayúscula.

Soler lo tiene claro a este respecto: «Nosotros no tenemos una rutina propiamente dicha. A lo mejor nos levantamos por la mañana, trabajamos un rato y luego nos reservamos la tarde para ver una ciudad. Conste que no lo digo desde una posición esnob, no creo que esto necesariamente tenga que ser lo mejor. Por ahora, es lo que mejor nos funciona a nosotros».

«Tampoco creo que este estilo de vida tenga que ser necesariamente para siempre. Por ejemplo, en el momento en el que queramos tener hijos, a lo mejor nos apetece más estar cerca de mi familia o de la suya».

Es precisamente este último punto, la cuestión familiar, el que más se le puede atragantar a veces a quien abrace el nomadismo digital.

«Sin duda, lo peor es estar lejos de la familia y los amigos, que es algo que ya nos enseñó la pandemia, lo que se puede llegar a echar de menos a la gente cercana. Aunque hoy en día con las videollamadas te puedes ir manteniendo en contacto, está claro que no es lo mismo».

Con todo y con eso, Soler no deja de animar a quien se esté pensando embarcarse en una aventura así.

«¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que se acabe el dinero? Bueno, pues cuando el dinero se acabe, te vuelves. A cambio de lo que has gastado, te vuelves con un montón de experiencias y de aprendizajes en la mochila».

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