No sé tú, pero aún hay mañanas en las que, a pesar de haber dormido bien, me levantaba sobresaltado. Y no porque hubiera tenido pesadillas. Me invadía una sensación de ansiedad que, lo confieso, tardé mucho en identificar: uno de esos estados en que sabes que quieres más, que necesitas más, pero no encuentras la puerta de salida.
Es algo que está referido a mis negocios y a mi anhelo por ofrecerles más y mejores servicios a mis clientes, más y mejores productos, una asesoría más profunda e impactante. Quizás a ti también te sucede, pero no sabes qué ocurre: es ese afán por superar esa línea invisible que nos da la idea de que estamos estancados. ¡Qué miedo!
Ese es un camino que para los emprendedores está tapizado de rosas, y a veces olvidamos que las rosas tienen espinas, y nos lastimamos. ¿Por qué lo digo? Porque siempre estamos con la idea de que necesitamos más clientes, nuevos clientes, y usamos buena parte de nuestro tiempo, energías, recursos y acciones en esa afanosa búsqueda.
Sin embargo, después de tropezar varias veces con la misma piedra, y especialmente gracias a la asesoría de mis mentores, entendí que estaba equivocado. Ese camino que había emprendido solo iba a traerme dificultades, tristezas, malestar. Y, lo peor, iba a malgastar lo más importante que tengo: tiempo, energías, recursos y acciones.

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Es un problema con el que luchamos toda la vida: no valoramos lo que tenemos y nos enfocamos en atesorar más. Nunca estamos conformes, y cuando alcanzamos eso por lo que tanto luchamos, sentimos un vacío en el corazón que nos impulsa a buscar algo nuevo. Y resulta que el arte de la felicidad en la vida está en disfrutar lo que poseemos.
Eso, al menos, dicen los que saben, los que han realizado investigaciones sobre este tema tan complejo y a la vez tan apasionante. Fue, entonces, cuando decidí quitarme la venda que tapaba mis ojos y descubrí que el mundo que me rodea es fantástico: mi familia, mi negocio, mi equipo de trabajo, mis socios, mis amigos y, por supuesto, ¡tú, mis clientes!
Por eso, desde aquel momento me enfoqué en lo verdaderamente valioso (sin decir que los clientes nuevos no lo son): servir mejor a mis clientes actuales. ¿El resultado? Mucho mejor de lo que esperaba. Con el mismo número de clientes, mis ingresos se multiplicaron, exactamente por tres. Y no fue magia, tampoco producto del azar.
Éxito garantizado
Fue trabajo, puro trabajo. Me enseñaron que necesitaba pasar más tiempo con los clientes actuales, para evitar que se retiraran. Me di entonces a la tarea de conocerlos mejor, de saber más de su vida personal, de sus aficiones, de sus gustos, de sus sueños. Y, por supuesto, de cómo podía hacer para ayudarlos en sus negocios.
Pronto descubrí cuán equivocado había estado, porque con los mismos clientes que tenía alcancé el nivel de ventas (ingresos) que anhelaba con ese flujo de nuevos. Y, claro, el trabajo fue más gratificante, menos estresante, más productivo. Después, haciendo uso del marketing de boca a boca y de los programas de referencias, conseguí los nuevos clientes que deseaba.
Eso en los bolos (o boliche, como le dicen en México), se llama moñona. ¿Cuál es la clave? Aprendí qué necesitaba hacer para que esos clientes actuales me compraran con más frecuencia, y ojalá por valores mayores cada vez. Los motivé, los consentí, los ayudé y la respuesta que recibí fue generosa, sorprendente: la semilla que sembré se multiplicó.
Reitero: no es magia, tampoco hay una fórmula perfecta. Es un entrenamiento que te brindará herramientas probadas y requetecomprobadas, exitosas y efectivas, para sacar mejores réditos de tus actuales clientes. Es el ‘secreto’ que está detrás de negocios que iban camino del fracaso y saltaron directo al éxito, de empresarios que hoy son millonarios.
Un último apunte: la forma más fácil, más confiable, más inteligente y más efectiva de multiplicar tus ganancias es venderles más a personas que ya te compraron una vez. Ellos, después, atraerán los clientes nuevos que te inquietan.
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