El coronavirus nos ha obligado a casi todos a arrojarnos en los brazos del teletrabajo, ese que era hasta hace poco una palabra maldita en muchas empresas. Pero, ¿lo que venimos haciendo desde hace ya más de un mes en las cuatro paredes de nuestro hogar es verdaderamente «home office»? Lo cierto es que no.
De un día para otro nos vimos obligados (no nos quedó otra) a convertir nuestra morada en nuestra oficina y no tuvimos tiempo de prepararnos para la transición. Es verdad que sacamos adelante (como podemos) nuestras tareas laborales desde casa, pero eso no quiere decir residencia se haya convertido también en nuestra oficina. ¿Por qué? Porque una oficina es otra cosa y debe procurar un mínimo de atmósfera enfocada al rendimiento a quien se refugia en ella, explica Alexandra Vollmer en un artículo para T3N.

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¿Acaso se puede ser productivo cuando tenemos como compañero de piso a un revoltoso niño de cinco años que para colmo de males no puede salir de casa para desfogarse? Es difícil, muy difícil, casi una heroicidad.
El concepto de teletrabajo está estrechamente emparentado con la productividad y si la productividad se queda fuera de la ecuación, el tan cacareado «home office» se convierte en otra cosa, en una mera solución provisional y fruto de la urgencia.
Debemos además tener en cuenta que quienes trabajan en estos momentos desde casa durante la pandemia están expuestos a muchísimo estrés, tanto en el plano laboral como personal. No es posible airearse para bajar los humos y evitar ardientes discusiones que brotan en realidad de auténticas fruslerías y nos pesa también como una losa la incertidumbre sobre nuestro propio futuro laboral (acaso inexistente).
El verdadero «home office» necesita preparación y eficiencia (dos factores brillan completamente por su ausencia en estos momentos)
A la hora de acogerse al «home office» nadie ha tenido lamentablemente un guion bajo el brazo y no ha habido más remedio que enarbolar la bandera de la improvisación.
En circunstancias normales las mecánicas del teletrabajo están perfectamente imbricadas en el funcionamiento de las empresas. Actualmente las piezas no encajan y los empleados intentan sacar adelante su trabajo bajo circunstancias extraordinariamente anómalas.
A las empresas no les dio tipo de adaptar sus procesos de trabajo a la nueva situación, por lo que al menos en las fases iniciales hubo un enorme vacío técnico. A la conexión a internet que muchos empleados tienen en sus hogares el teletrabajo y su larguísima retahíla de videoconferencias simplemente les viene grande.
El «home office» tal y como se practica en estos momento está abocado a la ineficiencia. No podía ser de otra manera cuando quienes se acogen a esta fórmula trabajan desde el dormitorio o desde el salón (compartido a menudo con niños pequeños).
Es importante que a eso que hacemos ahora desde casa no le colguemos tan alegremente la etiqueta de teletrabajo porque de lo contrario este concepto podría salir muy mal parado y ser aún más abominado por algunos jefes.
Algunas empresas podrían errar el tiro y utilizar la situación actual para evaluar la pertinencia y eficiencia del «home office». Ni que decir tiene que se estarían equivocando porque lo que sea que hacemos ahora desde casa no es en modo alguno teletrabajo. Es otra cosa. Y conviene tenerlo claro para no mezclar churras con merinas, concluye Vollmer.
