El valor de decir lo que pensamos

¿Cómo va esa vida parceros?, hoy quiero hablarles del valor de decir lo que pensamos y de la importancia de tener una voz, de no quedarnos callados o creer que nuestro punto de vista no es importante.  

Yo no sé de dónde me salen tantas palabras para hablar tanta cosa todo el día, escribo, hago videos, posteo en redes, hablo con el uno, con el otro, espero que ustedes no estén cansados de mí, jejeje.

Resulta que mi vida en los últimos años ha sido un flujo constante de información, de ideas, de palabras, de pensamiento. Todo el tiempo estoy aprendiendo algo, descubriendo algo nuevo y, en igual medida, compartiéndolo con ustedes.

Sé que he sido muy afortunado por tener una plataforma para hablar y personas como ustedes que me escuchan, me retroalimentan, me cuentan sus cosas, me manifiestan su acuerdo o desacuerdo con lo que digo. Pero el caso es que siempre he tenido una voz y la libertad de expresarla sin que nadie me censure.

Aunque hoy digo lo que pienso, no siempre fue así

Muchos saben que yo no siempre fue tan hablador. De pelado me demoré muuuucho en pronunciar alguna palabra, es más, creo que estoy tratando de ponerme al día con tantos años de mutismo… A mis papás como que se les fue la mano con las oraciones para que yo soltara la lengua, jejje.

Sin embargo, una cosa es hablar y otra muy distinta es tener VOZ, tener una voz propia, un pensamiento propio, tener criterio y ser capaz de compartirlo con los demás.

Así como me demoré en hablar, me tomó tiempo reconocer mi voz, identificar mi pensamiento, forjarlo y creer en él. Sin importar cuánto me haya demorado y lo que haya tenido que vivir para desarrollarlo, tener una voz es uno de mis grandes tesoros.



Poder decir lo que pensamos es importante para formar nuestra identidad, para dotarnos de seguridad, para entender lo que queremos y poder conectarnos con nuestros sueños.

A veces, por temor a estar fuera de lugar, a no ser “políticamente correctos”, a desentonar con la mayoría nos privamos de expresar nuestra voz y de compartir nuestros puntos de vista.

Pero parceros, poder decir lo que pensamos es una de las tantas libertades que nos debemos permitir, así como también permitir que otros lo hagan, aunque su pensamiento no converse con el mío.

Decir lo que pensamos y escuchar lo que otros piensan

No todas las personas han descubierto su voz y no saben cómo transmitir lo que piensan y sienten. Muchas no tienen claridad de lo que quieren expresar o no han desarrollado un criterio o una opinión definida frente al mundo.

Tener ideas y pensamientos implica, a su vez, ser flexibles y capaces de escuchar al otro y no creer que nosotros nos las sabemos todas y tenemos la última palabra.

Así mismo, tener una opinión no quiere decir que uno se deba casarse con ella para siempre y ser inmutable hasta el fin de nuestros días.

Aunque los principios y los valores permanecen, con el tiempo uno puede ir moldeando su identidad, conociendo personas que te abren a un nuevo mundo y, en consecuencia, a una nueva forma de pensar.

Compartir nuestro pensamiento y abrirnos a escuchar el de otros es parte fundamental para nuestro crecimiento como seres humanos y como sociedad.

El mundo necesita gente que comparta lo que tiene en su cabeza

Tener voz propia va ligado a lo cómoda que te sientas con tu historia. Cuando conoces tu historia, y te gusta, es cuando te conoces a ti misma. Y cuando te conoces a ti misma, puedes hacerte valer, puedes tener voz propia.

Michelle Obama

En el ámbito espiritual se habla mucho del valor del silencio, y aunque ustedes me ven muy conversador y pareciera que nadie me calla, no saben lo que amo cuando en mi mundo todo se aquieta, cuando en las tardes o muy temprano en las mañanas me invade un silencio total.

Pero, así como es de valioso el silencio, también es muy importante aprender a hablar, a expresar lo que sentimos y lo que pensamos. Tener una voz propia que sea capaz de pronunciarse en el momento preciso, de poner en palabras lo que tenemos en nuestro interior, nuestra esencia.

Creo que por temas de educación nos enseñan más a quedarnos callados, a no opinar si no se nos pregunta, a evitar hablar de temas incómodos, a no expresar lo que sentimos porque de pronto podemos herir o molestar a alguien con nuestra opinión.

Miren que siempre volvemos al mismo punto: al verraco miedo ome. Cada vez que me siento a escribir, sea del tema que sea, sale el miedo a relucir. Por miedo no tomamos decisiones, por miedo no terminamos una relación tóxica, por miedo no emprendemos, por miedo no decimos lo que pensamos.

El que tiene boca se equivoca, jejejje

Yo no sé si en sus países se conozca ese dicho, pero en Colombia sí. Es muy común en los peladitos, bueno, al menos en mi época de colegio, decir con cierto tonito “el que tiene boca se equivoca” para defenderse de los errores, las equivocaciones y las metidas de pata.

Hablando de metidas de pata, yo sí que la he metido muchas veces, no se los voy a negar, aayyyy hijupucha sí que la he embarrado.

Pero con el tiempo, en lugar de volverme reservado, lo que he hecho es aprender a ser más asertivo, a ser más justo y oportuno con lo que he digo, a pensar antes de hablar (aunque a veces no se note… lo sigo intentando), pero nunca nunca dejar de expresar lo que pienso o siento.

Sin embargo, me he dado cuenta de que a muchos parceros les cuesta hablar, les cuesta defender sus ideas y tener un criterio propio.

Y es una verdadera lástima porque hay personas que son maravillosas, que tienen unas ideas descrestantes y que su opinión es muy valiosa, pero como no tienen el valor o el interés para hablar, se quedan con todo eso guardado, ¡qué desperdicio ome!

Son personas que se van a llevar a la tumba ideas maravillosas. Yo pienso mucho en toda esa gente que andará por ahí en la calle o encerrados en sus casas con tanto talento y tantas cosas valiosas por decir, pero que prefieren pasar de agache, mantener el anonimato o el bajo perfil por pereza, falta de confianza en sus ideas o por “evitar ofender a alguien”.

Tu opinión y tu visión del mundo importan

Nosotros venimos a este mundo a dejar huella, y con dejar huella no me refiero a ser famosos, millonarios, ganar un premio Nobel ni nada de eso.

Todos dejamos una huella, todos, el hecho de que sus caras no salgan en los noticieros o de que no sean nombrados personajes del año, no implica que no lo hagan.

Venimos a dejar huella con pequeños actos, con pequeñas palabras, con pequeñas acciones. Pero eso solo lo logramos cuando le permitimos al mundo conocer lo que pensamos y cuando compartimos nuestros puntos de vista.

Obvio, hay que ser responsables con lo que decimos porque a veces sucede que nos vamos por los extremos: o somos callados, tímidos, inseguros y creemos que nuestra opinión no vale, o nos vamos al extremo de andar opinando de todo y, con la excusa de ser frenteros, vamos destruyendo vidas, corazones y personas.

Parceritos, eso está sucediendo mucho en redes sociales y, lo peor, es que las culpamos a ellas siendo que la única responsabilidad de lo que allí se dice es nuestra.

Es como echarle la culpa al teléfono porque por allí se han dado órdenes y tomado decisiones que han causado mucho daño en el mundo. Como se dice popularmente, no se puede matar al mensajero.

Danny, pero de qué sirve decir lo que pensamos si nada cambia

Yo no hablo de ir por el mundo como un experto en juzgar y arreglar problemas ajenos, hablo de tener la capacidad de saber cuándo guardar silencio y cuándo es oportuno y necesario dar una opinión.

Se imaginan qué hubiera pasado si Martin Luther King no se hubiera atrevido a alzar la voz cuando se suponía que no “tenía derecho” a hablar.

O qué sería del mundo si las mujeres no se hubieran unido para expresar su opinión y reclamar, entre muchas otras cosas, su derecho a decidir sobre el futuro político de sus países.

Qué sería de nuestro mundo sin ese montón de personas que a diario son capaces de expresar lo que sienten y de generar cambios que, por pequeños o insignificantes que parezcan, algo transforman.

Hagan memoria de esos compañeros de colegio o de universidad que eran los valientes que tomaban la vocería del grupo, los que se atrevían a pedir más plazo para entregar los trabajos o los que nos les daba pena preguntar o debatir una idea y siempre tenían argumentos sólidos para sustentar su opinión. Pero personas así, lastimosamente, son pocas.

A cuántos de ustedes les da pena o miedo hablar. Cuántas veces han tenido una idea que consideraban valiosa pero no se atrevieron a compartirla.

Cuántas veces han visto una injusticia, pero han preferido quedarse callados. En cuántas ocasiones han estado en desacuerdo con algo, pero prefirieron guardar silencio y dejar todo como está, por más malo que sea.

¿Hay algo peor que la censura? Sí, la autocensura

A veces, creemos que las cosas no se pueden cambiar y lo que sucede es que nadie se ha atrevido a hacerlo. Creemos que todo está escrito sobre piedra y que nuestra opinión no vale y, sin si quiera intentarlo, nos autocensuramos.

Nos enseñaron a aceptar la autoridad, fuera buena o mala; que hay cosas que no se discuten, temas de los que no se hablan, personas a las que no se contradicen, egos que no se hieren.

Creemos que estar en desacuerdo con una idea es estar en desacuerdo con una persona, pensamos que una buena relación personal, laboral o familiar se basa en compartir al 100 % los puntos de vista.

Contradecir a alguien es visto como una ofensa. Y aunque es totalmente cierto que hay que ser empáticos y asertivos al momento de expresar nuestras opiniones, tampoco no podemos cargar con la responsabilidad de lo que pueda sentir la otra persona si yo, con respeto y argumentos sólidos, expreso mi punto de vista.

Ayyy menchito, decir lo que pienso me puede costar el matrimonio

“La verdad no estoy segura de hacer ese viaje, pero no soy capaz de decirle al parcero que me da pereza”; “No estoy de acuerdo con la decisión que tomaron en la empresa, pero para qué me desgasto diciéndolo”; “Ya no quiero seguir con mi novio, pero no me atrevo a terminarle para no hacerle daño”; “Tengo una idea para atraer más clientes, pero creo que a mi jefe no le va a parecer tan buena”.

Pasa en las películas y pasa en la vida real… Preferimos quedarnos callados para no meter la pata, para no herir a los demás, para no hacerlos sentir mal, para no mostrarnos vulnerables. Nos da miedo dañar la imagen que la gente tiene de nosotros.

Pero parceros, no hay nada más liberador que decir lo que uno piensa y ser coherente con lo que uno es. Quedarse uno callado aparentemente podrá ser muy cómodo para otros, pero con el tiempo aquello que tenemos guardado se va a manifestar por algún lado: una molestia física, un inconformismo con lo que somos, un vacío por no ser fieles a lo que sentimos y pensamos, un malestar con las personas con las que no podemos ser sinceras.

Decir lo que uno piensa, expresar nuestras ideas y puntos de vista lo hace a uno sentirse libre y ser dueño de su vida.

Poder decir lo que uno piensa, lo que siente, lo que le preocupa o molesta no solo es quitarse un peso de encima, sino que es una responsabilidad que tenemos con nosotros mismos y con los demás.

Una cosa es decir lo que pensamos y otra es hablar por hablar

Eso sí, al momento de plantear sus opiniones y puntos de vista deben tener argumentos sólidos para defenderlas, no es hablar por hablar. El mundo necesita gente con ideas, con criterio propio, con pensamiento diverso. El mundo necesita saber de ustedes y conocer lo que hay en esas cabezas.

Parceros, es que no se alcanzan a imaginar a cuántas personas pueden inspirar con sus palabras. De pronto son ustedes los llamados a abrir la puerta del diálogo, de la conversación y del intercambio de ideas en sus mundos: en el mundo de la familia, de los amigos, en el colegio, en la universidad, en la empresa…

Como te digo una cosa, te digo la otra

Y es que parceros, hablando precisamente de las empresas a veces uno es testigo de tantas contradicciones… Por un lado, quieren abrir espacio a la creatividad, la innovación y a la disrupción, pero por el otro, no dejan que la gente se exprese cuando algo no le gusta.

Los animan a opinar, pero solo en esos momentos destinados para las “lluvias de ideas”. Entonces, quieren crear una cultura del cambio y hacen mil actividades y concursos para retar a las personas a pensar distinto y a buscar maneras creativas para vender más…

Pero, al mismo tiempo y de forma contradictoria, buscan una unidad de pensamiento, que haya una única forma de comportarse y de “opinar”.

Nos ha enseñado que tener un ambiente amable y cordial significa pensar todos iguales.

Lo mismos pasa en las familias: queremos hijos capaces, inteligentes y exitosos, los motivamos a pensar distinto, a ser creativos y recursivos, pero cuando se trata de hablar de temas familiares que ni se les ocurra opinar, no están en capacidad de hacerlo, porque aquí el que manda soy yo, jejeje.

Menchito, pero a veces yo no opino para no quedar como un bobo

Todos tenemos una voz, todos tenemos derecho a pensar distinto y hacerlo saber. Para descubrir esa voz debes empezar a escucharte, a identificar qué es lo que realmente te gusta a ti, no qué es lo que los demás esperan de ti.

¿Está de acuerdo con lo que pasa a tu alrededor? ¿Piensas que las cosas están bien como están?

Yo veo a mucha gente infeliz en su trabajo, con su pareja, con la realidad nacional, con la educación, pero cuando se les da la oportunidad de hablar, cuando pueden al menos manifestar lo que piensan, no lo hacen, prefieren quedarse callados porque no se atreven a exponer sus puntos de vista.

Ahora no es que todos salgo a cantarles unas cuantas verdades al jefe o sacar de sopetón todo eso que han acumulado tras años y años de relación.

Parceros, siempre que hablen deben honrar la palabra, y honrarla significa darle el valor que tiene, saberla usar y ser asertivos cuando lo hagamos.

Hay que expresar lo que pensamos, así a nadie le importe

Para que aquello que digamos tenga un auténtico valor y el mensaje que queremos transmitir verdaderamente llegue, es importante defender nuestro punto de vista sin agredir ni intentar convencer al otro.

Porque cuando se entra en ese juego de poder olvidamos la importancia de nuestra idea y solo nos concentramos en “ganar la partida”.

Parceros, es probable que muchas de las cosas que ustedes digan o de las ideas que compartan sean ignoradas o no generen ningún cambio, lo importante acá no es ganar puntos ni tener las ideas más geniales porque no siempre va a ser así.

Descubrirán, además, que no siempre van a tener la razón y se darán cuenta de que no pasa naaaaada.

También, que es necesario ponerse en los zapatos del otro y entender que cuando uno comparte su opinión es posible que las otras personas se sientan ofendidas y atacadas.

Por eso hay que tener tacto para decir lo que pensamos, pero tener tacto no significa quedarnos callados.

Decir lo que pensamos es ser coherentes con lo que somos

Para tener relaciones sanas y para contribuir a nuestra paz personal es clave defender nuestras convicciones, saber poner límites, expresar lo que sentimos y pensamos, darle valor nuestro punto de vista.

El verdadero sentido de decir lo que pensamos es vivir en coherencia con lo que somos y sentimos en lo más profundo de nuestro ser.

Es saber que hay cosas que por más que queramos no podemos cambiar, pero que eso no significa que las apoyemos o que estemos de acuerdo.

Así que parceros, hagan valer su voz y permitan que otros la expresen también.

Un abrazo ome.

Daniel Tirado 

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