El hecho de tener un trabajo que te apasione también tiene una cara poco amable. En este artículo hablaremos sobre ella, y también de lo que puedes hacer para que no te afecte demasiado.
La palabra “trabajo” proviene del término latino tripalium asociado a tortura, penalidad, fatiga o sufrimiento. Y, desgraciadamente, esto es lo que representa para muchas personas su ocupación. Por contra, algunos afortunados dedican horas de su vida a una actividad que les nutre y les estimula, obtenido además una remuneración económica por ello. Sin embargo, es importante recordar que un trabajo que te apasiona también es un trabajo.
Quienes se dedican a algo que verdaderamente les gusta se sienten más satisfechos y felices…, pero también enfrentan una serie de retos que para los demás pueden ser difíciles de comprender.
A nivel social, estas personas pueden tener la sensación de que se les “niega” el derecho a quejarse, sintiéndose invalidadas. “Te estás dedicando a lo que te gusta, ¿qué más quieres? Tú lo elegiste”. Lo cierto es que tener un trabajo que te apasiona no impide que haya elementos que no te gusten.
Descubrir tu Ikigai y tener un trabajo que te apasiona
Podemos decir que quienes se dedican a lo que aman han encontrado su Ikigai. Este término japonés designa una misión vital, una pasión, una motivación que aporta sentido a nuestra existencia; en suma, es aquello que “nacimos para hacer”.
Es la conjunción entre aquello para lo que somos buenos, eso que nos fascina y algo que aporta valor al mundo. Cuando logramos aunar estos tres aspectos, hemos encontrado nuestro Ikigai; y, si hacemos de este nuestra profesión, es seguro que viviremos con mayor propósito y bienestar.
Normalmente, al pensar en este concepto, lo relacionamos con disciplinas artísticas como el dibujo o la danza, pero ni mucho menos se resume a esto. Hay personas con especial habilidad para la comunicación, la ciencia o la construcción. Las pasiones de cada quien son muy diferentes y el trabajo que cada uno ama puede ser muy distinto.

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Un trabajo que te apasiona también es un trabajo
Ahora bien, el hecho de que a una persona le guste su empleo no hace que sea una afición. ¿Has escuchado la frase “elige una profesión que ames y no tendrás que trabajar un solo día de tu vida”? Pues esto es solo parcialmente cierto, y es importante tenerlo en cuenta por distintos motivos:
Lo que haces merece remuneración
Si hay una actividad que adoras tanto que la harías incluso si no te pagasen por ello puede resultarte muy difícil ponerle un valor a tu servicio. No importa si se trata de pintar cuadros, cuidar animales, hacer repostería o enseñar matemáticas. Al disfrutar tanto esa tarea puedes llegar a sentirte realmente culpable por asignarle un coste.
Esta no es solo una cuestión individual. Todos, sin darnos cuenta, contribuimos a restar valor al trabajo de los demás. Por ejemplo, cuando le pedimos a un nutricionista que nos cree una dieta gratis, cuando le pedimos un masaje a un fisioterapeuta “por ser amigos” o cuando le pedimos a nuestro amigo fotógrafo que nos haga “un favor” el día de nuestra boda.
En realidad, el tiempo de las personas, sus conocimientos y habilidades son valiosos, y merecen ser remunerados. Esto es especialmente importante de recordar si te decides a emprender o a tener tu propio negocio: por mucho que ames lo que haces, estás aportando un valor al mundo y esto merece retribución.
También puede generarte estrés
En un trabajo que te apasiona también hay demandas y objetivos que cumplir. Hay plazos, metas que programar y tareas que organizar; hay clientes hacia los que responder e imprevistos que solventar.
Una afición puedes tomarla y dejarla cuando te apetezca, dedicarle el tiempo que quieras y actuar con toda la libertad y relajación; al fin y al cabo, es algo que únicamente haces para ti y para tu disfrute. Un trabajo, en cambio, es exigente, conlleva una obligación y esto puede terminar generando estrés.
En este caso, debes dedicar un determinado número de horas a trabajar, no puedes decidir simplemente dejarlo. Y, en ocasiones, son muchas horas, ya que el rendimiento económico que obtienes por tu trabajo no es suficiente. Así, por mucho que adores una actividad, cuando tiene detrás cierto nivel de exigencia, puede volverse realmente estresante.
Puede aparecer burnout
El síndrome de burnout aparece cuando el profesional se “quema” o se desgasta física y emocionalmente debido al desempeño de su profesión. Es una consecuencia del estrés crónico, generando apatía, irritabilidad y bajo rendimiento laboral.
A simple vista, parece que un trabajo que te apasiona no puede conducir a este estado, pero lo cierto es que sí. El trato con el cliente, una jornada laboral demasiado extendida, una baja remuneración o una mala relación con los compañeros son algunos de los factores causantes, y esto es independiente de lo que te agrade la actividad que desempeñas.
Las profesiones sanitarias (médicos, enfermeros, psicólogos, terapeutas…) son eminentemente vocacionales; y, sin embargo, son uno de los sectores más afectados por este síndrome.
Tienes derecho a querer cambiar de condiciones
Por último, por mucho que ames tu trabajo, tienes derecho a desear unas condiciones mejores o incluso a querer cambiar de profesión. Sí, es cierto que hay personas en empleos que les desagradan y que en comparación se encuentran en una peor situación; pero esto no tiene por qué llevarte al conformismo o la resignación.
Por otro lado, es común que al sumar el estrés, las exigencias y las presiones, aquello que era tu mayor afición termine convirtiéndose en algo detestable, algo que ya no disfrutas. Cuando esto sucede, puedes llegar a extrañar ese tiempo pasado en el que esa actividad era tu refugio seguro y desear recuperar esa sensación.
De ser así estás en todo tu derecho de cambiar de rumbo y de profesión. Aunque hayas encontrado tu Ikigai, no tienes obligación de realizarlo ni de convertirlo en tu profesión. Nuestras necesidades van cambiando, y puede que, en determinados momentos, esto sea lo mejor para ti.
Disfruta un trabajo que te apasiona, pero no lo idealices
En definitiva, poder dedicar tu vida a eso que amas, que se te da bien y que te enriquece es un auténtico privilegio; pero no es una situación ideal. No compres el pensamiento de que únicamente debes sentirte agradecido y has de ofrecer tu talento con humildad.
Es lícito sentirse estresado o disconforme, es legítimo cobrar por lo que ofreces y está bien si ya no deseas hacerlo más. Disfruta tus talentos, pero permítete sentir tanto la luz como la oscuridad de tu situación.
